Los esclavos y esciavas puertorriqueños no fueron capaces de montar el tipo de insurrección a gran escala que hubiese sido necesaria para destruir la esclavitud. Durante los siglos XVIII y XIX, cuando el sistema esclavista llegó a su apogeo, la población esclava representó una proporción relativamente baja del conjunto de habitantes (alrededor del 10-11%). Lo que es más significativo, los esclavos raras veces tuvieron acceso al tipo de armas que les hubiera permitido enfrentarse a tropas disciplinadas y veteranas como las Milicias Disciplinadas y los batallones de el ejército profesional que guarnecían la Capital. Marcos Xiorro, Mario, Juan Bautista Texidor o Cornelio (Bembé) y los hombres y mujeres que les siguieron mostraron gran valor y arriesgaron sus vidas por obtener la libertad, y siempre debemos recordarlos por ello.
Sin embargo, tampoco podemos olvidar esa otra lucha diaria de un gran número de esclavos para lograr su dignidad o la supervivencia de sus seres queridos. Estos utilizaron armas que podrán parecer menos glamorosas. Cada vez que se atrevieron a desobedecer una orden, a fugarse o a llevar a sus amos frente a los tribunales, desafiaban al sistema. Con sus acciones, trastornaron una estructura cuyo propósito era negar cualquier tipo de iniciativa a los hombres y mujeres sometidos a Ia servidumbre. No importa cuán pequeños nos puedan parecer hoy en día estos actos, los mismos demostraron que los esclavos eran seres humanos capaces de actuar por cuenta propia, a pesar de las trabas que les limitaban; que podian sentir decepciones y alegrias y que tenian Ia voluntad para aspirar a una vida mejor donde se reconociera su dignidad.




